viernes, 11 de diciembre de 2009

Desde el Olímpo

Sentado en aquella azotea observo la ciudad a sus pies, un pequeño mundo del que podía sentirse propietario. Le encantaban las vistas desde aquella altura, todo parecía verse con una luz diferente, una visión de conjunto, era como ver un esquema trazado con grava y metal, con cristal y cemento. ¿Sería esto ser un dios? setarse a observar la vida que corría cientos de metros bajo sus pies. Una pena que no hubiese dioses, le habría encantado que le acompañasen en esta velada, tal vez con un té y pastas, si los dioses comían, claro, y charlar sobre sus dominios, trazar destinos y marcar la vida de aquellos insignificantes seres que se encontraban bajo su poder.
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Le habría encantado ser un dios, pero las épocas cambian y habría que resignarse con el tiempo que le tocaba vivir. Esta ciudad es tuya, le dijeron 30 años atrás y hoy celebraba tal momento como era debido, regodeandose de su obra, como un vanidoso artesano se ensalza ante la obra de su vida. Siempre apunto más alto pero la vida no le había sonrreido lo suficiente, a veces el poder no bastaba, siempre querría tener más y estaba claro que sus compañeros no pensaban otrorgarselo por la vía facil. Era el momento de apresurar las cosas, no todos somos inmortales y la perspectiva de perder no le agradó nunca. Es el momento iniciar el ascenso y sabía que era un camino de un solo sentido y no pensaba fallar.
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Una brizna de aire le produjo un repentino escalofrío y le devolvío al presente, hecho una ultima mirada desde su azotea, era el momento de ponerse serio.