lunes, 19 de octubre de 2009

Tinto para llevar

Una nueva ciudad, en la cual la oscuridad se deshacía ante potentes focos anaranjados, dandole ese aspecto desagradable y decadente que tanto gustaba a los humanos. Una nueva ciudad pero como todas, las mismas sensaciones, los mismos paisajes y los mismos olores, entre todos ellos descubrió el cual andaban buscando, su presa, noche de justica y de placer.
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Asomados a la azotea de un pequeño edificio del centro los recién llegados observaban al cazador entrando en un lujoso coche que le llevaría a su fastuoso hogar. Con sutileza le siguieron, observando sus movimientos, estaba cerca y a los nuevos les hervía la sangre ante los placeres de la caza. Entrarón en su "humilde" morada evitando a los guardias, faltaban horas para el amanecer, había que darse prisa en su empeño, fueron bajando pisos hasta entrar en un cuidado subterraneo con un ligero toque clásico, despacharon a los ineptos guardianes y se colaron en la habitación del amo.
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La puerta chirrió y el monstruo alzó su rostro de el joven que se desangraba entre sus brazos para preguntar quien era tan importuno y desconsiderado para molestarle en medio de su cena, lo que vió no le gustó, dos hombres de aspecto salvaje y ropas raidas le miraban directamente, no sabía porque parecían tan tranquilos ante su imponente presencia y entoces se fijo en las armas de sus manos.
Antes de poder moverse siquiera uno de esos hombres se acercó a una velcidad pasmosa y le clavó un largo puñal debajo de su cuello con tanta fuerza que quedó incrustado en la pared que se encontra a su espalda. El dolor era insoportable, y antes de poder hacer el esfuerzo de quitarselo el otro hombre le sujetó con una fuerza descomunal y lamío las gotas de sangre que surgían de su herida, sintió un profundo terror y se fijo en sus asaltantes, quien le mantenía sujeto era humano. Entonces ¿como podía retenerle? y el otro, parecía de los suyos, pero entonces ¿porqué le atacaba?
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No podía hablar, le habían reventado las cuerdas vocales, el dolor no paraba, le costaba pensar y empezó a dejarse llevar por el frenesí, todo se tiño de rojo y no volvió a ver más. Cuando se libró del ferreo dominió del humano se dirigió hacia su congenere el cual le clavó otra afilada daga en la parte baja de su espalda, quitandole toda capacidad de movimiento en su piernas, ciego de ira inetó desacerse de los puñales pero le volvieron a sujetar y esta vez no pudo ver como acercaban a sus heridas un extraño artilugio que empezó a robarle toda la sangre, no volvió a ver nada, pues le quitaron hasta la ultima gota de su cuerpo maltrecho, y después le prendieron fuego mientras se marchaban con el botín.
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Con la euforia de la sangre conseguida, los recien llegados, humano y vampiro, se dirigieron a su morada para disfrutar de un gran reserva del siglo XVI.

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