Era un honor, un insignificante servidor como él nunca habría pensado poder acercarse tanto, llegar tan cerca, ahora, cuando el mundo se caía a pedazos. Todas las penurias que habían pasado se acabarían ahora que había llegado.
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Camino sin fijarse en las enormes habitaciones que en un tiempo habían sido las estancias de su dios, que habían albergado su fulgurante luz y poder. Se adentró en el templ y observo el lugar donde primera vez había llegado y por el cual volvería, para poner fin a esa profecía, para acabar con el fin, para restablecer la balanza, para terminar con los primeros.
Mientras más se adentraba en aquella derruida sala más notaba lo que estaba por acercarse, ni siquiera el primer protector entro nunca allí, habían pasado más de 2000 años desde que aquellas salas se usasen por ultima vez tras la ascesion de su señor, su vuelta al origen.
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Esperando la llegada de su dios rezó y lloró por aquellos de sus hermanos que cayeron por el camino y por los que no conocía su situación actual, a aquellos les pedía que no flaqueasen, y entre sollozos enviaba un mensaje de esperanza, nuestro legitimo señor tomará esta tierra a la fuerza y reclamará su reino, pasando a sangre y fuego a los indignos.
La sala empezó a temblar, llegó el momento.
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Las sacudidas se hicieron más fuertes y allí donde una vez hubo un altar ahora había una fisura, el aire se abría dejando pasar un luz cegadora, el poder de la perturbación hacía que la cupula empezase a perder integridad, mientras, una mano salía de la luz abriendo por la fuerza esa rotura en la realidad. Era una mano blanquecina, que emitía una agradable luz, una mano perfecta, la mano de un dios. con paso decidido atraveso la fisura, llevando la luz consigo, una luz tan potente como la de un sol. Ante su sola entrada el techo vibró y con un solo movimiento de su mano hizo que la cubierta saliese volando y dejase al descubierto el edificio.
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El poder que emanaba de él, era tal que el sirviente tenía que luchar por mantener el aire en sus pulmones, cuando consiguió reunir suficiente fuerzas como para alzar la cabeza observo su perfecto rostro coronado por seis cuernos lisos y perfectos, sus ojos de fuego y el sol en su espalda, era muy alto y su rostro, que desde tan alto lo miraba trasmitía paz. De subito, el agujero se ensanchó y de él empezaron a salir multitud de seres, llegaban los soldados de su dios y con lagrimas de puro extasis solo pudo emitir 3 palabras:
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Alabado sea Shamash
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