sábado, 5 de septiembre de 2009

La llegada de los primeros

Esos ojos verdes se abrieron por primera vez en mucho tiempo para ver como el mundo había cambiado, un cielo naraja le devolvía la mirada, una tonalidad que especialmente le irritaba, se preguntaba que había sido de las estrellas que nunca se cansaba de admirar. Notaba el suelo duro a su espalda, del que emanaba calor, y un extraño aroma ¿donde estaban los campos? ¿donde las verdes y comodas praderas? añoraba el olor de la hierba mojada y su tacto en la piel, pero allí todo era seco y duro, feo, sin vida.
Notaba una extraña sensación en su pecho, tenía algo ahí clavado, intentó agarrarlo, pero el no era quien controlaba ahora el cuerpo.
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El antiguo dirigió el cuerpo y se despredió del puñal que había matado al huesped y le había liberado, un torbellino de voces pugnaron por tomar el control, pero con su autoritaria voz de mando las hizo callar. Era hora de levantarse y ver el nuevo mundo en el cual se encontraba, buscó al posible responsable de su resurrección, pero se encontraba solo en aquel estrecho pasadizo de piedra, no había luces que indicasen el camino y parecía que no tendía un guía apropiado, iba a empezar a caminar cuando notó que alguien le agarraba y tiraba hacia el fondo, el antiguo intento mantener el control pero el coro de voces le devoro.
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Le excitaba la idea de moverse nuevamente, en este mundo nuevo, el explorador mandaba ahora, observó cada detalle, saboreo cada textura y olfateó el terreno. Era el especialista y lo demostró, con un salto se encaramó a la pared de piedra y se agarro de sus salientes y siguió escando hasta que domino la azotea desde la cual comprendío que ese no era su momento, y cedió el mando.
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El observador abrió los ojos y fué evaluando cada factor de la ciudad que se extendía ante sus ojos, había pasado much tiempo desde que despertaron y las cosas habían cambiado en exceso, así pues se dirigió al torbellino de la consciencia y dió el control primario al huesped, que pasaría a ser el guía, y compartiría el control con sus hermanos cuando fuese necesario, además de aconsejar una pausa a la hora de comunicarse entre ellos, pues el guía podría sentirse desorientado al saber todavía como escucharles a todos a la vez.
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Así pues el guía tomo el mando y abrió la boca dubitativa, se acercó a la cornisa que daba al callejón en el cual acababa de morir y emitió un profundo gito de angustia y dolor.


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