miércoles, 4 de febrero de 2009

Soñando con fuego

Año 372 a.C. Desierto del Sahara

Cade veía corretear a su hijo entre las tiendas, parecía que desafiaba al ardiente sol de aquella mañana, era descendiente de la luna, no podía someterse ante el sol.
Los recuerdos de aquella noche todavía pasaban por su mente, el día en el que se convirtió en la compañera de uno de los hijos de la luna, el día que empezó a guiar a los siervos. De ese ardiente fuego emergió el poderoso señor, piel de un verde oscuro que parecía absorber toda la luz de se alrrededor, un cuerpo magestuoso con sus largas garras y afilados colmillos, cara feroz de poderosa mandibula, un dios ante ellos, no podía dejar de sentirse extasiada.

Se dirigió a paso pausado al limite del circulo y observó al caminate arrodillado, su mascara de cenizas y se sintió alagado, entonces levantó su mirada a los presentes y la miro. Su ojos de una luz cegadora le invitaron a acercarse, no podía apartar la mirada, escuchaba como la reclamaba para él. Paso tras paso se acercó al circulo, podía sentir el orgullo de su padre y la aceptación de su madre así como la envidia de las mujeres allí presentes. Con esos sentimientos atravesó el ovalo en donde le esperaba su poderoso amo.
Su tacto era petreo pero calido y su furia atronadora, y allí, en aquel lecho de amapolas engendraron a Belank.

Desde aquel momento no vió al caminante anterior, su destino era vivir en la tierra de la piedra y fuego esperando a su sucesor. Su madre Nepsut, cuidaba de Belank y le contenía cuando el poder de su estirpe se manifestaba, no duraría en aprender a dominarlo y cuando lo consiguiese temblarían los siervos del sol.
Cade salió de sus meditaciones, se puso su mascara de ceniza y hueso, la mascara de la amante de los cielos que no puede vivir para siempre. Su vida se perdería entre la arena, pero siempre la conservaría su memoria.

Y así la amante del cielo guio a los siervos con la esperanza de que nunca volviese a amanecer.

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