Año 377 a.C. Cordillera de Tibesti
Un grupo de piedras negras formando un ovalo era el limite dado al rito que iba a llevarse a cabo aquella noche, Tar preparaba el lecho de amapolas, Cade marcaba las piedras con la sangre ritual formando los 78 emblemas y Erna montaba la hoguera. Todo estaría preparado a medianoche, era el día de la llamada, hoy descenderían los hijos de la Luna y caminarían entre ellos.
La noche estaba calmada, el caminate sombrío respiro profundamente, tendría que quitarse su mascara de hueso y sangre y no podría volver a llevarla, su tiempo había llegado. Su compañera, su diosa dorada brillaba hoy con una luz diferente que cuando la conoció, sus años de juventud habían pasado legados a su hija, Cade, así como su belleza y noble porte, de él había heredado el favor de los hijos de la luna, no había mejor don para dar a un hijo.
Miraba a la lejanía, a su tierra, a su mar de arena, nunca podría volver, solo el fuego y la piedra le esperaban ya.
Se acercaba la medianche, se fué acercando al circulo, las gentes de su tribu formaron un corro alrededor manteniendo la distancia. Fué entonces cuando el caminante se despojó de su masacara de hueso y sangre y tomó las cenizas rituales y pintó su rostro para mostrarselo a los hijos. Su cara se transformo en la mascara efimera, la mascara del tiempo, muestra de la realidad humana que él representaría ante los hijos. Inició el cantico en las 5 lenguas, concetró su poder y lo fué trasmitiendo al ovalo, al ojo de la noche, los siervos allí reunidos miraban con expectación las ondas verdosas que emitía en cuerpo del caminante sombrío y que eran absorbidas por las rocas e iban tiñendolas de luz de la luna. La transferencia continuaba, mientras los emblemas gritaban, repetían el canto, como un coro de agudas voces que distorsionaban el tono inicial.
Y llegó el momento del fuego. Las ondas se traladaron por el lecho hasta llegar a la hoguera que prendió con un brillo cegador.
Los hijos se acercaban, el caminante lo sabía y solo podía arrodillarse ante ellos, la transferencia estaba completa. Entonces el fuego empezó a moverse, moldeando en su insustancialidad una puerta de calor y humo.
Los hijos habían llegado.
Un grupo de piedras negras formando un ovalo era el limite dado al rito que iba a llevarse a cabo aquella noche, Tar preparaba el lecho de amapolas, Cade marcaba las piedras con la sangre ritual formando los 78 emblemas y Erna montaba la hoguera. Todo estaría preparado a medianoche, era el día de la llamada, hoy descenderían los hijos de la Luna y caminarían entre ellos.
La noche estaba calmada, el caminate sombrío respiro profundamente, tendría que quitarse su mascara de hueso y sangre y no podría volver a llevarla, su tiempo había llegado. Su compañera, su diosa dorada brillaba hoy con una luz diferente que cuando la conoció, sus años de juventud habían pasado legados a su hija, Cade, así como su belleza y noble porte, de él había heredado el favor de los hijos de la luna, no había mejor don para dar a un hijo.
Miraba a la lejanía, a su tierra, a su mar de arena, nunca podría volver, solo el fuego y la piedra le esperaban ya.
Se acercaba la medianche, se fué acercando al circulo, las gentes de su tribu formaron un corro alrededor manteniendo la distancia. Fué entonces cuando el caminante se despojó de su masacara de hueso y sangre y tomó las cenizas rituales y pintó su rostro para mostrarselo a los hijos. Su cara se transformo en la mascara efimera, la mascara del tiempo, muestra de la realidad humana que él representaría ante los hijos. Inició el cantico en las 5 lenguas, concetró su poder y lo fué trasmitiendo al ovalo, al ojo de la noche, los siervos allí reunidos miraban con expectación las ondas verdosas que emitía en cuerpo del caminante sombrío y que eran absorbidas por las rocas e iban tiñendolas de luz de la luna. La transferencia continuaba, mientras los emblemas gritaban, repetían el canto, como un coro de agudas voces que distorsionaban el tono inicial.
Y llegó el momento del fuego. Las ondas se traladaron por el lecho hasta llegar a la hoguera que prendió con un brillo cegador.
Los hijos se acercaban, el caminante lo sabía y solo podía arrodillarse ante ellos, la transferencia estaba completa. Entonces el fuego empezó a moverse, moldeando en su insustancialidad una puerta de calor y humo.
Los hijos habían llegado.
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